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La oscuridad
queda atravesada en ocasiones por un haz de luz que
circula de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
Podría pensarse que es un foco de un campo
de concentración. Induce al error el modo en
que el hombre que está sentado deja caer su
cuerpo, los codos apoyados sobre las rodillas, los
hombros vencidos, el cigarro colgante de los labios
con un rastro de humo que sube y se dispersa. Hay
un sonido repetitivo que podría ser el de las
máquinas de una cadena de producción
ensamblando piezas metálicas o música
de consumo popular. El hombre tiene la vista fija
en algún punto, como obsesionado, levanta la
cabeza, parece buscar algo o a alguien por la derecha,
después por la izquierda, y vuelve a bajarla.
La música o el ruido de la fábrica,
o quizá el sonido de los tanques que pasan
por encima de lago metálico, persiste y llena
el espacio.
-Ha sido maravilloso, por Dios.
La risa ostentosa de la mujer que llega es cómo
una corriente eléctrica en las sienes del hombre.
Lleva un sostén negro, de encaje, barroco,
e intenta ponerse una blusa a la moda, pero las caricias
obscenas de su acompañante lo impiden. Lleva
un hilo de oro insertado en los labios para hacerlos
más deseables, los senos moldeados en quirófano,
su maquillaje es un modelo de precisión del
nuevo arte, parece lógico que el hombre que
se amontona sobre su espalda esté loco de deseo.
Ella tiene unos dientes bellísimos, blancos,
brillantes, regulares, falsos.
-Detente, por favor, ya está bien.
-Me has hecho perder la razón.
-¿Quieres decir que antes la tenías?
Las risas de ambos obligan al hombre a levantar el
párpado derecho y poco a poco la cabeza. El
haz de luz no parece molestarle. Ha cambiado el ruido
de fondo, como si un grupo de niños golpearan
cacerolas con sus cucharas de un modo rítmico.
-Hola, marido, qué haces sentado ahí,
con esa cara de aburrimiento.
El hombre sentado tarda en contestar, como si pensara.
Saca un nuevo cigarro, lo enciende y habla mientras
echa el humo.
-La esposa del señor se ha ido con un caballero
extremadamente elegante que acaba de llegar... quizá
decir que fuera elegante sea excesivo. Digamos que...
había gastado mucho dinero en la ropa.
El hombre que masajea los lumbares de la mujer escenifica
un gesto de sorpresa que procura parezca divertido.
-¿Mi mujer?
-Sí, amigo mío, su mujer. Nuestro acto
sexual no ha sido nada exitoso. No sé cómo
puede soportar una pareja tan poco estimulante. Es
como acostarse con la señora de la limpieza.
-Por ello venimos a este club de intercambio, para
ver si aprende y para que yo pueda saciar mis necesidades
con las mujeres de otros. Por cierto, la suya es extraordinaria.
-Supongo. Lamento decirle que la suya me ha frustrado.
Me he visto obligado a cedérsela a un tipo
con aspecto de cargador de muebles que pretendía
montar un número circense con ella y con su
propia esposa. Espero que no lo considere una incorrección
por mi parte.
-Por favor, cómo puede pensar algo así.
Es para mí un placer.
-Lo que mi marido ha hecho con su mujer lo hace habitualmente
conmigo. Es muy abierto, muy liberal, es un hombre
que no tiene nada suyo.
-Le felicito.
El hombre se levanta de la silla con desgana, como
si pretendiera agradecer la felicitación, pero
se dirige hacia su lado izquierdo.
-¿Han sido ustedes felices en la cama?
Ambos gimen al tiempo un sí que parece el maullido
de un par de gatos. Se miran a los ojos y en el aire
queda un rastro de humedad babosa.
-Me ha excitado mucho, cariño, creo que es
el tipo de cuantos he probado en este club que más
placer me ha dado.
-En cuanto a su mujer, tengo que decirle que es una
coinnaseur del sexo, una experta, un auténtico
lujo. Si no estuviera casada con usted, le prometo
que sería dichoso de fugarme con ella y vivir
encerrados en una habitación el resto de nuestros
días.
Al escuchar la frase hecha, el hombre levanta una
ceja.
-Mujer, ¿para ti ha sido igual de satisfactorio?
-Un volcán en erupción.
-Querida, nunca has visto un volcán en erupción.
Así que ambos han quedado extremadamente satisfechos
del encuentro... Bien, bien.
-Aquí se viene para satisfacer los instintos.
-No se crea, caballero, yo vengo para que ella disfrute
y me deje en paz. Si me lo permite, mi idea de placer
es más bien estar sentado en un cómodo
sillón de cuero, rodeado por una gran biblioteca,
con una chimenea y con una de las paredes de la estancia
de cristal que me permita disfrutar de una gozosa
contemplación sobre el mar. Incluso añadiría
al cuadro la posibilidad de que hubiera una mujer
que me quisiera y alguna pintura.
-Mi marido es un señor de los de antes. Es
muy decimonó... como se diga.
La mujer, entre risas por su simpática observación,
acaba de abrocharse la blusa y se retoca el pelo.
-Decimonónico. Soy decimonónico, según
tú. ¿Amigo, de verdad usted se quedaría
con mi mujer?
-Dejaría a la mía ahora mismo, lo firmaría
con sangre.
-Es suya. Cariño, ha sido un verdadero placer
haberte conocido. Esposa, cuando tengas una dirección
avísame para enviarte tus cosas y para ponernos
de acuerdo en el día en que tengamos que ir
al Registro a borrar nuestra unión. Aquí
no ha pasado nada.
Se lanza a estrechar la mano del tipo en celo y con
rapidez coge por los brazos a su mujer y la besa en
ambas mejillas.
-Que sean felices. Yo les doy mi bendición.
Se refuerza la habitual mirada de incomprensión
de la mujer, que balbucea algo que quiere ser una
interrogación. Su macho ocasional levanta las
manos hacia el marido, que se aleja como si implorara
alguna extraña clemencia. El sonido de fondo
ha pasado a ser un estruendo eléctrico que
bien podría recordar a un taller o alguna nueva
tendencia musical.
-Cariño... ¿estás de broma?
-No, no, no. Por Dios. Hablo completamente en serio.
Tú eres más feliz gozando con otros.
Me has dicho que este caballero ha efectuado sus labores
de semental a la perfección, y ambos sois felices.
Te regalo. Él ha asegurado que tenerte colmaría
sus ilusiones. Pues bien; soy generoso. Sois respectivamente
vuestros. Cuando venga su esposa os explicáis
todo entre vosotros.
-Perdone... creo que hay un error. Una cosa es acostarse
con alguien y otra es amar a esa persona.
-Bien, es su opinión. Tienen ustedes el futuro
por delante para discutir ese asunto que me parece
extraordinariamente lleno de interés. Ella
usa dispositivo intrauterino, sus períodos
son de veintisiete días, invariablemente, y
los dos días antes es aún más
insoportable de lo normal. Por lo demás, seguro
que serán felices. ¡Ah! No le interesa
ni el teatro, ni el cine, ni la música clásica,
ni la literatura, ni el arte. Además de una
completa inútil, es secretaria y no la han
despedido porque se acuesta con el secretario General
de la empresa, un tipo bajito, acomplejado porque
está cargado de hombros, un poco cheposo, y
no tiene educación.... empezó de botones
en su empresa, sin estudios... calcule cuántas
frustraciones habrá vaciado el pobre en esta
mujer... No hay que servir al que ha servido. Esta
bella hembra, que ya le pertenece, de vez en cuando
fornica con algún compañero nuevo, preferentemente
si es de pueblo. En fin, más que una biografía,
mi ex-esposa tiene un historial sexual, pero dado
que le hace feliz, no veo ningún problema en
ello. Porque... ¿usted no será uno de
esos hombres antiguos que pretende tener a su mujer
en exclusiva?
-No, no... ya ve, traigo aquí a mi esposa a
que libere sus pulsiones animales. Soy un hombre moderno.
Lo que sucede es que quedarme a su mujer...
-Cariño, si es una broma ya vale. Dame mi bolso,
que me voy a retocar los labios.
El buen hombre coge el bolso de debajo de la silla,
se lo da ceremoniosamente a la mujer. Dice un hasta
nunca sosegado y se marcha con paso lento y
aspecto de felicidad.
-¿Y ahora qué hacemos?
-No sé. Yo me voy.
-Pero él me ha regalado. Ahora soy tuya. Tienes
que llevarme.
-No. Que se hubiera quedado contigo cualquiera de
tus amantes anteriores. Bastante tengo con mi esposa.
-Tú has dicho que te quedarías conmigo
por siempre.
-Las palabras sólo sirven para mentir.
-Soy tuya, tú tienes la obligación
-Obligación, compromisos. Usas palabras aburridas.
Ahí viene mi esposa. Veo que sonríe.
Hasta nunca.
-Eres un
Sus insultos son demasiado vulgares. La ira le surge
del útero. La mujer se queda momentáneamente
abatida. Se diría que está a punto de
comenzar a llorar, pero no de pena, sino de rabia.
Intenta sacar un pañuelo para limpiarse los
lagrimales y evitar que se corra la pintura y cae
una foto de sus dos hijos, con el teléfono,
apuntado en el reverso, del psiquiatra que los atiende.
Son dos pequeños bastardos desequilibrados,
tienen sus mismos genes. Se limpia las lágrimas
y mira en el espejo el resultado. Por su escote asoman
dos senos abultados. Echa a andar con paso lento,
marcando los movimientos, caderas a la derecha, a
la izquierda, hacia la barra del bar. Un camarero
negro sonríe con una enorme dentadura perfecta.
Sus glándulas entran en acción.
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