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El
joven Sr. X vivía en una ciudad ni muy grande,
ni muy pequeña; y su casa estaba en una calle
ni muy ancha, ni muy angosta, y en un barrio no muy
lejos del centro; y las cosas hubieran sido de lo
más normales, si no fuese porque su madre tenía
una tostadora de pan por cabeza y su padre una caja
de cerillas, cosas estas que hicieron que sus hombros
acabasen sustentando un radiador de lo más
cuadriculado, y que las más de las veces estaba
sobrecalentado.
Si no fuese por estos pequeños detalles que
acabo de contar, la existencia del Sr. X pasaría
por ser normal, pero en estas circunstancias la cosa
se antojaba insalvable, y siempre acababa la vida
dando con él en el fondo de sus desdichas.
Un día de sábado el Sr. X, después
de cenar en su casa, se fue al cine a ver una película
de ciencia ficción. Aquel era uno de los pocos
sitios donde se encontraba realmente a bien, sin ninguna
mirada acusadora alrededor, ni ningún comentario
fuera de lugar dedicado a su persona, y nadie que
hiciese nada que le incomodase; y además las
personas de la gran pantalla eran los únicos
capaces de hacerle sentir emociones. Para él
era todo un lujo ir allí.
Terminada la sesión se fue de fiesta consigo
mismo, e hizo lo de todos los fines de semana, o sea
intentar iniciar una conversación con una persona
del sexo opuesto. Pero la cosa era harto difícil,
porque apenas se acercaba a cuatro pasos de la presunta
víctima, esta salía despavorida, como
si le estuviesen apuntando con un fusil de asalto.
El Sr. X repetía unas cuantas veces más
la intentona, y finalmente desistía, y se quedaba
solo en un rincón ahogando sus penas con vodka
y pastillas.
Aquella noche iba tan sumamente cargado de alcohol
y otros vicios que, cuando llegó al coche,
que estaba aparcado en zona prohibida, se quedó
a dormir en él, y se sentía tan mal
aquel día que fue a pedir ayuda al Dr. Sí,
que era la única persona con quien en ese momento
podía hablar.
El Dr. Sí era un médico de mediana edad,
que vivía en un planeta perdido en el espacio,
y vestía un batín blanco llenos de estrellas
y planetas que brillaban con luz propia en la oscuridad,
pero desentonaban un poco con su bigote oscuro bien
poblado, y su sombrero marrón de ala estrecha
que llevaba a la altura de las cejas.
El supuesto Dr. era de lo más optimista, porque
a todas las preguntas de sus pacientes siempre daba
un sí por respuesta, de ahí su nombre,
y lo mismo ocurrió cuando llegó a su
consulta el misterioso Sr.X, que a todas sus deficiencias
y dudas mentales dio una sanación rapidísima,
dando siempre un sí por contestación.
Debió de pasárselo de lo más
entretenido en aquella visita al Dr. Sí, porque
estuvo todo el domingo e incluso hasta bien entrada
la mañana del lunes con el imaginario Dr.
Cuando, a primera hora de la mañana, llegó
el camión de la grúa para despejar la
zona, el Sr. X estaba tan inmerso en la conversación
con el Dr. Sí que ni siquiera se dio cuenta
de que la grúa había remolcado su coche
con él dentro.
El operario remolcador se asomó tímidamente
por el cristal de la puerta del coche del Sr. X, y
lo contempló boquiabierto durante un instante.
Le pareció tan esperpéntico que ni siquiera
tuvo valor para abrir la puerta y sacarle de la consulta
despertándole, y procedió a remolcar
el coche como si no hubiese nadie en él.
Hubo alguna persona curiosa que se asomó al
interior del vehículo, y rápidamente,
con estupor, retrocedió unos cuantos metros,
manteniendo la distancia al Sr. X, y al final, cuando
la grúa había terminado de remolcar
el coche completamente para dejarlo en el depósito
de vehículos, con el Sr. X dentro, se había
formado un corrillo de gente que cuchicheaba, y contemplaba
todo aquel espectáculo sin atreverse a hacer
nada.
El vehículo remolcado, por su parte delantera,
atravesó la ciudad con el Sr. X a bordo, sin
moverse un ápice de su asiento, y dando la
sensación de ser un objeto inanimado.
Aún no eran las diez de la mañana cuando
la grúa dejó su carga sobre el depósito
de vehículos, cerca de la caseta del oficial
de guardia, que en aquella mañana de lunes
ocupaba el corpulento agente Slurp.
Una vez el Sr. X abandonó la consulta del Dr.
Sí se despertó, y escupió bruscamente
contra el cristal el cigarrillo consumido que había
llevado durante día y medio, mientras él
estaba ausente de sí mismo.
Los efectos de la resaca hacían que su cabeza
pesase horrores, mucho más de lo que en realidad
pesaba.
Tardó un tiempo en moverse debido a su estado
inestable.
Los cristales estaban empañados, y no es que
hiciese frío; acabaron así debido al
calor que desprendía su cuerpo.
Una vez se hubo encontrado consigo mismo, recordó
vagamente que estaría en el estacionamiento
prohibido donde había dejado el coche hacía
unas horas, porque para él ese era el tiempo
que pensaba que había pasado.
Cuando le dio al limpiaparabrisas se quedó
de piedra, al comprobar que estaba en el depósito
de vehículos.
El Sr. X no entendía nada de lo que estaba
pasando, y decidió ir a la caseta del oficial
de guardia para aclarar la situación. Apenas
abrió la puerta se dio cuenta de que llovía
tímidamente, y decidió esperarse un
poco en el coche a que amainara, ya que no llevaba
ningún paraguas, y la lluvia perjudicaba su
salud.
A los pocos minutos dejó de llover, y fue entonces
cuando decidió salir del coche, momento en
el que el agente Slurp se percató de que había
alguien en el aparcamiento, y al oír las pisadas
que se dirigían hacia su posición las
orejas le crecieron dos palmos.
Se asomó a la ventana el citado Slurp, que
estaba tras una reja, con un movimiento rápido
y vio al Sr. X; se frotó los ojos un par de
veces y finalmente optó por ponerse las gafas,
porque no estaba seguro de estar viendo lo que realmente
veía.
En aquel momento le dio por pensar que podría
ser alguien que había sacado un radiador del
coche, pero eso no tenía sentido. ¿Y
de dónde había salido ese individuo?.
Era un tío que había salido de la nada
para llevarse un radiador. La cabeza de Slurp era
una olla a presión.
Cuando el Sr. X llegó hasta su oficina levantó
su mirada hacia el agente que permaneció boquiabierto
e inmóvil.
-¿Qué es lo que hago aquí exactamente,
oficial?, le preguntó el Sr. X.
Pero Slurp seguía sin dar señales de
vida.
-¿Se encuentra bien, agente?, inquirió
el Sr. X, interesándose por la salud del oficial
de guardia.
Aunque tampoco contestó a esta otra pregunta
el citado Slurp, y continuó haciendo la estatua.
Al poco reaccionó y, apartándose un
par de metros de la reja donde estaba el Sr. X, le
dijo:
-Márchese, y quien quiera que sea espero no
volver a verle.
Con lo que el Sr. X volvió a su coche y desapareció.
Si ustedes lo piensan un poco todo esto es bastante
normal porque... ¿quién va a querer
algo con alguien que tiene un radiador por cabeza?
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