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El
tren, ¡qué maravilloso invento!
Nada es comparable a los viajes en ferrocarril. Me
gustan tanto los trenes que disfruto con el simple
hecho de coger un cercanías.
Me emociono y conturbo, en especial, viendo que el
convoy posa su poderosa musculatura de acero en el
sosiego de la noche oscura.
Al detenerse el tren se rompe el silencio de la madrugada
por breves minutos, los justos para que suba o baje
un pasajero. Acaso alguien que está comenzando
a entrar en nuestra existencia, o la persona que pone
fin a un episodio amoroso de la misma y nos dice adiós.
En cualquier caso, un hombre o una mujer que toma
o deja el tren siguiendo el curso del azar.
El tren, que nunca cambia de dirección, que
sigue siempre su uniforme trayecto sin desviarse.
Cómo place salir a la plataforma y observar
a la máquina ciñendo curvas en terreno
accidentado. Emociona contemplar que los raíles
del tendido, unidos por las eclisas, describen una
parábola; entonces, se distinguen perfectamente
las traviesas que, afianzadas en el balasto, son grandes
grapas cosiendo las entrañas de la tierra.
Esa y otras razones han coadyuvado a que sienta muy
dentro el ferrocarril. Tengo atesoradas gratas vivencias
de cuando niño iba al cine a recrearme con
películas en las que el tren constituía
medio esencial de la trama.
Ya joven, soñaba convertirme en el protagonista
de historias en las que trotamundos y policías
represores convertían el transiberiano en lugar
de sus pérfidas acciones, o me veía
persiguiendo a los espías y sicarios que viajaban
en el expreso de medianoche; e imaginaba que irrumpía,
al estilo de Robert Donat, en el compartimento de
Madeleine Carroll, rodando la secuencia de la intriga
que el fecundo discurrir de Aghata Christie edificase;
y, por espejismo, era yo Michael Redgrave pretendiendo
identificar, con la estimable ayuda de Margaret Lookwood,
al carismático personaje de la viejecita que
Albert Hitchcock hacía aparecer y desaparecer
creando alarma en el express.
En el cine americano, en el del Western, habría
compartido las andanzas de Bárbara Stanwick
y Joel Mac Crea en la época en que la Unión
Pacific Railroad recorría las praderas buscando
el encuentro con el Central, mientras el caballo de
hierro escribía una epopeya atravesando las
abruptas y poco accesibles Montañas Rocosas.
Me hubiese entusiasmado, asimismo, acompañar
a los hermanos James a desvalijar el convoy de Glendale,
para después repartir el botín entre
los pobres, e incluso subir al tren de las 3,10 de
la mano de Delmer Daves. Aún guardo desconsuelo
por no haber podido asistir al primer filme del Oeste
con el ferrocarril como principal referente del argumento.
Esperando a las puertas del cine sonoro, la cinta
estaba subtitulada; creo recordar que se denominaba
"The Great Train Robbery", es decir, "Atraco
y robo de un tren".
Cuántas remembranzas e inolvidables inquietudes
juveniles...
De regreso al presente, agotado el carrete de la película
retrospectiva, tuve el pálpito de que sería
en un tren, precisamente, donde pronto viviría
la más sorprendente de las aventuras eróticas.
Fue percatarme de su presencia, fijarme en su aspecto
y convencerme de que el presentimiento cobraba visos
de realidad inmediata. Fascinaba verla; de ahí
que permaneciese captado, como el hipnotizado ante
el hipnotizador, sin que ella tuviera necesidad de
mirarme a los ojos.
Quiérase o no, los hombres venimos a ser simples
herramientas mecanizadas: nuestro movimiento es rutinario
para los rendimientos sexuales; y, al igual que los
trenes, transitamos persiguiendo esa estación
de destino que se llama Copular.
Llevaba buen
rato entre dormida y despierta, en esa renuncia del
dominio vital que significa el abandono. La mecedora
marcha del tren invitaba al reposo.
Recostada en el asiento, cruzaba los brazos sobre
el regazo aferrándoles al llamativo chal de
seda que, rematado por un deshilado de vainica, cubría
enteramente sus hombros.
Descuidada la protección de la prenda, el traqueteo
en que a veces entraba el vagón colaboraba
a que aquélla fuera deslizándose. Cuando
por la acción del roce cayó para ir
a morir donde termina la espalda, a la vista lució
la camisa de organdí; conformándose
al busto, contrastaba con la falda negra.
El constante meneo proseguía haciendo lenta
y eficaz labor de desgaste.
La mujer mantenía la cabeza vencida, en posición
provocada por el sopor que le asaltaba. Esta desmayada
actitud contribuía a resaltar su seductora
anatomía.
Enseguida caí en detalles: tratábase
de una dama metida en primaveras, pero su porte enmascaraba
la circunstancia.
Exhalaba fragancia, despedía aromas embriagadores
del olfato. Si hubiera que elegir un calificativo
que la definiese respondería al de frescor,
entendido como la lisura y tonalidad de la epidermis.
Era una mujer
mayor, efectivamente, en la que se adivinaba un carácter
extrovertido. Un mediano observador notaría
que destilaba voluptuosidad por todos los poros de
la piel.
Aun fijándose con esmero, apenas se apreciaba
en ella el caprichoso afán que tiene la vida
por eliminar la grasa de determinadas partes del rostro
para acumularla en sitios indeseables.
En semejante situación de desfallecimiento
representaba la expresión del amor proporcionado
de experiencia, de la carne sabia que tanto sabe.
La atracción aumentó en el momento en
que la dama se rebulló. Empezaba a desperezarse.
Candorosa en su desmayo, en su respetable paz interna,
personificaba la calidad de las cosas que no envejecen,
de la insenescencia que hace inmarcesible la belleza.
Ni en las aletas de la nariz ni en las comisuras de
los labios advertíanse las arrugas precursoras
de la desfloración, del paso obligado a lo
mustio.
Llegó el instante en que alzó los ojos,
enmarcados en cejas rafaélicas. Debajo de las
persianas palpebrales, otro hábil y doméstico
pincel había alargado las hermosas pestañas.
Al girar la cintura, los brazos preservaban la intimidad
o languidecían. Ahora se le separaban las piernas;
luego, se cerraban estrujándose.
Inesperadamente, asomó descubierto uno de sus
pechos tras escapar de la prisión del sujetador,
esa pieza depositaria y sostenedora de propiedades
inseparables e intransferibles.
Dícese que los pezones y su zona circundante
presentan una coloración conforme a las edades
de la mujer. En la pubertad muestran un tono rosa
de baja intensidad; en posteriores épocas van
mudándolo.
Al cabo de
un corto descanso, la dama cambió de postura,
abriendo los ojos totalmente.
Me miró sonriente, cual si regresara de un
placentero sueño, quizá también
erótico. En correspondencia, esbocé
una sonrisa de idéntico contenido y alcance,
pero creo que surgió bobalicona.
Recomponiéndose, la augusta señora extrajo
del bolso un abanico, ese útil portátil
que agita el aire, como enfadado, para que éste
facilite frescura. A decir verdad, la adecuada temperatura
que imperaba en el vagón no justificaba el
uso.
A lo mejor la acción respondía a impulsos
de coquetería femenina, o al lucimiento del
modelo, plegable, de varillas planas y finas que giraban
hasta construir un trapecio regular de muy vistoso
país.
Terminando de abanicarse, se fijó en mí.
Al fin y a la postre, me tenía encarado.
Intenté sondear en su interior. ¿Qué
estaría pensando?
- ¿Te gustaría disfrutarme?
- ¿Cómo? -dije estupefacto.
- En cinco minutos entraremos en un túnel,
y a continuación en otro larguísimo.
Prepárate.
En el intervalo, ella comenzó a despojarse
de la ropa, dueña de sus actos. Dobló
la toquilla, depositándola en el asiento contiguo.
Consintió que resbalara la falda; pero conservó
puesta la blusa, acaso creyendo que lo blanco simbolizaría
el pudor.
Decidido a satisfacer la demanda amorosa, la improvisación
y las prisas, malas consejeras siempre, se confabularon;
mis manos, torpes en demasía, acabaron detenidas
en el inesperado cepo de las entretelas que trataban
de separar.
Indeciso y premioso donde los haya, quedé preso
irremisible, sin capacidad de reacción manual.
Cuanto más esfuerzo hacía para zafarme,
más me atascaba en el reducido paso de los
ojales, mientras los botones daban la impresión
de aumentar en volumen y número, aparte de
estar cosidos por un sastre experto y conjurador.
Perdiéndose el tiempo y mi paciencia, el primero
de los túneles que la mujer mencionara vomitó
al convoy por su enorme boca. La luz del día
cruzó delante de mí, centelleante. El
resplandor me deslumbró, dejándome a
camino entre la sorpresa y la indecisión; pero
la ceguera resultó breve, tanto que enseguida
reparé en que la dama de mis deseos aguardaba
ansiosa.
Jocosa escena, pues, dramatizada por la impotencia
para desasirme.
La entrada del siguiente túnel nos engulló
con la misma rapidez y virulencia que nos regurgitó
el anterior.
Apurando las posibilidades, nervioso y desquiciado,
tensé los brazos todo lo posible, en un supremo
empeño por independizarlos.
Infructuosas fueron las maniobras. El reloj corría,
veloz como el tren, en dirección opuesta a
mis intenciones. Los segundos pasaban inútilmente
consumidos.
Tardé en lograr que los tirones rasgaran la
pretina del calzón de franela y permitiesen
la evasión.
Componiendo
un montón de pliegues, cayó el pantalón
por debajo de mis tobillos.
Ni siquiera me dio lugar a exhalar el suspiro que
caracteriza a la liberación conseguida; atravesado
el último de los túneles, volvió
la claridad.
Comprobé que la señora, con cara de
pocos amigos, contemplaba despectiva e impasible mi
quijotesca figura. Ahora estaba vestida, impecable
y seria, como si no hubiese pasado nada, como si no
hubiéramos cruzado las palabras ni ofrecido
la sexualidad.
¿Fue una interpretación sugestiva de
la realidad disociada, o sea, sin fundamento real?
¿Un falso registro de imágenes sensuales?
Lo único aparentemente creíble es que
el delirio juega antes con nuestros sentimientos y
después con nuestros juicios.
Debido al ridículo aspecto personal, era yo
la estampa viva de la desolación.
¡Qué absurda facha la mía!
Extraviado en los desoladores pagos del rubor y la
vergüenza, imploraba al cielo para que una fuerza
centrífuga, rescatándome del epicentro
de miradas, me expulsara a través de la ventanilla
del tren. Mas la medrosía manteníame
pegado al suelo.
De repente, una estruendosa ovación, al estilo
de las que se rinden en los espectáculos a
los artistas virtuosos, recorrió el vagón
y restalló estrepitosa en mis oídos.
Todos los viajeros, en pie, batían las palmas
de las manos arrebatados, en un aplauso prolongado.
- ¡Bravo!... ¡Bravo!
Incluso la dama enigmática mostróse
a la vista con otra disposición. Tenía
el regocijo en el semblante reflejado. Pero, aun tolerante,
permanecía indiferente.
Y tuve que preguntarme: ¿Llegamos verdaderamente
a decirnos algo?
La quimera se elidió.
Sexus virilis captivus, infortunium
est.
(Pene cautivo, fracaso es.)
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