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No
recuerdo exactamente cuándo se incorporó
a nuestro curso. Yo tenía entonces siete años
recién cumplidos y no sabía llevar bien
el paso del tiempo. Las cosas sucedían antes
o después de Navidad o próximas al verano,
pero nunca sabía precisar mucho más.
No obstante, cuando ella llegó, debía
estar próxima la primavera, quizá fuera
febrero. Lo pienso ahora porque recuerdo a mi madre
cosiéndonos, a mis hermanas y a mí,
los refajos para el día de San Isidro. En el
pueblo había desfile y en él salíamos
todas las niñas. No sé por qué,
pero apenas se disfrazaban los chicos.
Cuando ella
llegó no traía uniforme. Como era nueva
era normal que aún no lo tuviera. Sin embargo,
la hermana no le dijo nada. No se impacientó,
como acostumbraba. Generalmente solía dar una
semana de plazo o mucho menos. En una ocasión,
cogió unas tijeras y, antes de salir de clase,
me descosió el bajo del uniforme. Hacía
tan sólo unos días que me llamó
a su mesa para decirme que la falda ya estaba un dedo
por arriba de la rodilla, me dijo que sin falta le
dijera a mi madre que le sacara al bajo. No recuerdo
si me acordé de decírselo o no, me pasaba
entonces como ahora, que las cosas se me olvidan.
La última vez que mi madre le bajó a
la falda le puso unos plomitos pequeños dentro
del bajo, me dijo que eran para que el viento no me
la levantara. El día del descosido caminé
avergonzada por la calle, los niños de las
escuelas públicas se reían al verme
pasar con los hilos colgando. Los miraba con envidia,
ellos no tenían que ir disfrazados al colegio.
Conseguí llegar a casa sin soltar una lágrima,
pero cuando mi madre me abrió la puerta solté
todo lo que llevaba dentro. Ella no tuvo que preguntarme
nada, vio el bajo deshilachado y comprendió.
La niña
nueva no trajo nunca uniforme. Yo miraba a la hermana
y pensaba: "Ahora la llamará a su mesa
y le gritará que así no se viene al
colegio". Pero no lo hizo jamás. Tampoco
le riñeron por no traer libros, la hermana
siempre le dejaba el suyo y también le prestaba
lápiz y papel. La niña nueva sonreía
continuamente. Ninguna hablaba con ella porque era
nueva, pero ella siempre estaba alegre. En el patio,
a la hora del recreo, se comía su bocadillo
sentada sola en un banco, pero no parecía triste.
Si tú la mirabas ella te devolvía la
mirada y además te regalaba su sonrisa. Nunca
había visto nadie así. Las demás
niñas la miraban con recelo porque no traía
uniforme, y Encarna, la de más edad de clase,
dijo un día que no lo traía porque era
pobre. Se había enterado que la madre de la
niña nueva trabajaba sirviendo en una casa.
Aquella mañana la miré mientras la hermana
le hizo que leyera en voz alta. Tenía una voz
clara, perfecta; señalaba la línea con
el dedo y leía con mucha lentitud. Sin embargo,
la hermana no le dijo nada por ser lenta ni por lo
del dedo.
Aquel día,
al salir de clase, me puse a su lado. Me miró
sorprendida porque se dio cuenta que iba caminando
a su paso, ni me adelantaba ni me atrasaba, y comprendió
que quería hablar con ella.
- ¿Puedo
ir contigo hasta tu casa?
Ella volvió
a sonreír y negó con la cabeza.
-No vivo
donde tú.
Ella vivía
en la parte alta del pueblo. Me contó que su
habitación era una cueva que su padre había
excavado en la montaña. Entonces le rogué
que me llevara a ver su habitación y las dos
fuimos caminando en dirección contraria a la
que yo siempre hacía. Su casa estaba en la
parte más alta de la montaña, donde
desaparecían las últimas casas. Desde
allí divisé por primera el pueblo en
su totalidad. Casitas encaladas de blanco con tejados
de teja árabe, apiñadas en torno a calles
estrechas y tortuosas, con macetas de geranios en
las ventanas. Más abajo, las calles se ensanchaban
y surgían las casas de pisos. En uno de aquellos
edificios vivía yo. Y al final, cuando ya el
pueblo se terminaba, surgía la huerta.
"Lo
que yo veo desde aquí no lo ve nadie".
Me dijo. La miré y sonreí. "Déjame
ver tu cueva". Entramos. Su padre la había
pintado de verde
- ¿A
qué es preciosa? Aquí nunca tengo ni
frío ni calor. No necesito calefacción
y, si hay un terremoto, a mí no me pasa nada,
porque yo estoy bajo la montaña.
Estuvimos
toda la tarde jugando con una caja de madera que había
en la puerta de su casa, pensamos que podíamos
transformarla en un coche. Cerca de allí ella
conocía un lugar donde la gente abandonaba
los coches rotos.
-Allí
hay de todo y mi padre, que entiende de esto, nos
puede coger un motor viejo, nos lo arregla y podemos,
tú y yo, ir en nuestro coche por todo el pueblo.
- ¿Te
imaginas la velocidad cuesta abajo? Todas querrán
probarlo.
Anochecía
cuando llegó su padre. Era albañil y
llegó cubierto de polvo. Se puso muy contento
cuando me vio allí. "¡Anda! Ya tienes
una amiga. ¿Le has ofrecido algo para merendar?"
Se nos había olvidado todo, incluso, que a
esas horas, mi madre estaría como loca buscándome
por todas partes. Mi amiga le contó a su padre
lo de nuestro coche. Él se echó a reír
y nos prometió arreglarnos al día siguiente
un motor viejo.
-Y si a pesar
del arreglo no funciona, os ato una cuerda y yo tiro
de vuestro coche por toda la cuesta, para que sepáis
lo que es la velocidad.
Tenía
la misma forma de sonreír de su hija. Cuando
me dijo que me acompañaba a mi casa, yo lo
cogí de la mano y fui todo el rato preguntándole
cómo nos iba a sujetar las ruedas a la caja
de madera, y el volante, y todo lo que se me ocurría.
Él me respondía riendo sin cesar "¡Os
haré el coche más bonito que hayáis
visto jamás! Todos los niños os tendrán
envidia." La emoción me hacía dar
saltos de alegría.
Ya era de noche cuando por fin
llegamos a mi calle y divisé las farolas que
iluminaban las ventanas de mi casa.
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