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Mucho
se ha escrito en la prensa sobre los lamentables episodios
acaecidos en la última Feria del Libro de Frankfurt.
Lógico si se advierte que aquel acontecimiento
cultural de la ciudad alemana se considera uno de
los más prestigiosos en su género del
sistema solar. Ahora bien, sólo una mínima
parte de los relatos sobre los incidentes se ajustan
algo a la realidad. Y lo puedo asegurar porque, como
sabéis, queridos asiduos de esta página
del periódico Irreverentes, fui testigo privilegiado
de los sucesos de Frankfurt. Por eso he decidido dedicar
mi opúsculo mensual a poner los puntos sobre
las íes, a rescatar la verdad de sus raptores
y restituir el honor de quienes han sido injustamente
vituperados y puestos en la picota de la furibundez
y el desatino. Comienzo.
Acudí a Frankfurt, invitado
por los organizadores de la Feria junto a otros escritores
en lengua española de fama y ventas equiparables
a las mías, para participar en la mesa redonda
en la que se desataron los desórdenes. A la
tribuna subimos Pérez Reverte, Franz-Fiodor
Kafkayevski, Isabel Allende, Miguel Ángel de
Rus y yo. Lo que no entiendo es cómo eligieron
a David Bisbal para moderar el debate. Tal vez se
decantaron por él a causa de su enorme popularidad
entre las teutonas quinceañeras, quienes lo
conocen por el apelativo cariñoso de KreiselDavid.
(Según me aclaró orgulloso él
mismo, kreisel se traduce como giróscopo, trompo
o peonza.) Con Arturo y Miguel Ángel ya había
coincidido en otros actos similares. Por eso, escarmentado
de anteriores ocasiones en que me dejaron con los
dientes largos, también encargué al
conserje que rellenase mi botellín de agua
con el mismo ron blanco que ellos solían beber.
Kafkayevski, sin embargo, no tuvo empacho en extraer,
a la vista del público, una petaca del bolsillo
de la americana para verterla en su copa. El líquido,
al igual que nuestro ron, daba el pego. Seguía
siendo transparente e incoloro, pero desde luego que
no inodoro ni insípido. A mí me vino
un fuerte olor a vodka nada más desenroscar
el tapón. Vaya con el abuelete. Sin esperar
a que se apagaran los aplausos de bienvenida, el célebre
autor de Crimen y castillo ingirió una dosis
bien generosa. Así me vi dándole codazos
en los riñones si sus ronquidos se colaban
por la megafonía. Ay, las viejas glorias de
la narrativa...
En los primeros compases del
debate, Isabel tampoco intervino demasiado pues David
Giróscopo, que permaneció de pie todo
el rato sosteniendo un micrófono inalámbrico,
no le proporcionó mucho juego. Los torbellinos
verticales del cantante solían detenerse en
Reverte, en Rus o en mi persona. Cualquiera de los
tres se convertía entonces en el destinatario
del turno de palabra. Juro por Dios que las rotaciones
de Perinola Bisbal no obedecían a ningún
pacto o plan preconcebido. Unas rotaciones, apostíllese
de paso, comparables en energía a la de los
gigantescos agujeros negros incrustados en el corazón
de los cuásares siderales. Desde luego que
no advertí en tan veloz arrollamiento sobre
un eje el menor atisbo de intencionalidad. Intenté
acordarme, eso sí, del principio de conservación
del momento angular.
Y en vista de que no la interpelaban,
la chilena, que ya había argüido en el
bar un constipado, optó por concentrarse en
esnifar de un frasquito medicinal de propiedades milagrosas.
Así transcurría la mesa redonda, atípica,
sí, aunque apacible. KreiselDavid se enroscaba
alrededor de su columna vertebral, la Allende supervisaba
absorta el paso del tiempo y Franz-Fiodor se sumía
en un duermevela con fugaces ráfagas de vigilia.
En contraste, los otros tres contertulios respondíamos
a casi todo. He de confesar, amadísimos míos,
que Arturo y yo (Miguel Ángel no fuma) sosteníamos
con disimulo sendos habanos bajo el tablero. Por fortuna,
el telón blanco que situaron a nuestras espaldas
camuflaba las tufaradas ascendentes de humo.
Allí os reconocí,
queridos miembros del club de fanáticos de
mi literatura. Cuánto os agradezco vuestra
presencia. Y, pese a lo lejano de aquellas latitudes,
sumabais tantos asistentes como el grupo de fans de
Herr Trompo. Seguro que fue uno de vosotros quien
formuló la última de las preguntas que
llegué a contestar. No lo puedo confirmar con
exactitud ya que acababa de incorporarme de mi escondite
(tras una profunda calada al puro bajo la mesa), cuando
David Peonza finalizó un remolino frente a
mí, jadeando, una rodilla en el suelo, sudoroso
y despeinado, señalándome con el índice
que prolongaba su brazo horizontal y alzando el izquierdo
en ángulo recto y dirigido con el micro al
cielo. Tuvo que repetirme la cuestión. En ese
momento, con los pulmones llenos de nicotina y algo
obnubilado a causa de la alta graduación de
mi bebida, creo que salí del apuro enfrascándome
en una descripción abigarrada del elenco de
personajes de uno de mis mejores best-sellers, Los
pilares de la mierda, y de cómo evolucionaron
aquellos en su continuación, Un cuesco sin
fin. Todavía añoro la ovación
con que me regalasteis al finalizar mi breve discurso.
Cuánto me emocionasteis, fervorosos entusiastas
que aguardáis mis palabras como maná
desprendido de las nubes y que cae sobre el lodo de
decadencia del siglo XXI.
Pero fue a partir de entonces
cuando el ambiente de fervor hacia las letras que
reinaba en la sala comenzó a trocarse por la
inclinación hacia las artes marciales. Lo inició
una mujer madura, como de cuarenta y tantos, que asía
en vertical un palo de escoba al que había
adherido una cartulina con la leyenda VIVAN
LOS CULEVRONES!! (sic). Se trataba, sin lugar
a dudas, de una de las lectoras de Isabel Allende.
Y declaro aquí estos pormenores por si fuere
menester incluirlos en el sumario de la instrucción.
Porque la energúmena del letrero increpó
a gritos a Molinete Bisbal por no proporcionarle a
su autora favorita oportunidad alguna de manifestarse.
Mas el gimnástico moderador no debió
de oír bien la regañina de la dama.
De ahí que el siguiente de los vertiginosos
vórtices de Herr Tornado ignorase de nuevo
a la escritora para pararse ante un Pérez Reverte
sorprendido por tamaña temeridad. En efecto,
todas las señoras del sector que rodeaba a
la del cartel prorrumpieron en estrepitosos abucheos.
Y digo señoras porque todas tenían pinta
de señoras, todas de la misma edad, todas con
idénticos collares y pulseras, todas con el
mismo bolso, imitaciones genuinas de Tous o de Burberry.
Las quinceañeras del otro
lado del pasillo salieron e en defensa de su líder
giratorio. Que si qué desvergüenza la
de las viejas, que si después eran las jovencitas
las que teníamos fama de gamberras. ¿Gamberras?,
por supuesto que sois unas gamberras y haraganas.
¿Haraganas nosotras?, anda, iros a que os follen
en grupo, menopáusicas, ¿os prestamos
nuestros consoladores? Pero esto qué es, vaya
con las niñatas, pero qué educación
os han dado, guarronas, que las echen ahora mismo
a esta pandilla de mocosas guarrindonas. ¿Mocosas
guarrindonas?, que os echen a vosotras, manada de
dinosaurias frígidas. ¿Nosotras frígidas?,
idos ya, ninfómanas, a restregaos el clítoris
con una foto de vuestro KreiselDavid. Idos vosotras,
matusalenas, y aflojaos las pinzas de las arrugas
por si hay suerte y os sodomizan con un contrafagot
Aquellas deplorables salvas de
improperios duraron poco pues no tardó en volar
de un extremo a otro un zapato que impactó
justo en el entrecejo de una mozuela. La primera víctima
cayó desmayada al instante. La efectividad
del lanzamiento provocó que en el aire del
recinto se cruzaran todo tipo de objetos reconvertidos
en armas arrojadizas: mecheros, monedas, limas de
uñas, barras de labios, teléfonos móviles,
diccionarios de esperanto, bolas chinas... David Cigüeñal
vino a parapetarse con nosotros tras la mesa. Ehto
eh increíble, exclamaba, ingenuo, el
cantante. Y ya se encendieron las luces y el guardia
de seguridad de la entrada descendía por el
pasillo cuando las combatientes se enfrascaron en
el cuerpo a cuerpo. Qué barbaridad. Qué
espectáculo. Qué ira fratricida y parricida.
Madres contra hijas. Hijas contra madres. Una amazona
adulta montada a horcajadas en el respaldo de una
localidad estrangulaba con su propio sostén
a la mozuela que le mordía la pantorrilla.
En el fragor de la contienda, Franz-Fiodor entreabrió
los ojos. Sin percatarse de la conflagración,
me preguntó por el tema de la mesa redonda,
que se le había olvidado. A la paz por la literatura,
le contesté.
Las huestes de fans de Reverte
tomaron partido por las damiselas, mientras que las
de Rus se dividieron en el refuerzo de ambos bandos.
¿Simple empatía? ¿Acaso la provocación
de un proyectil mal dirigido? Me decanto por esta
última opción pues vosotros, adorados
fieles de mi arte, os mantuvisteis imparciales casi
hasta el final. El caso es que los cuatro escritores
y Turbina Bisbal permanecimos impasibles en nuestros
puestos, contemplando cómo la irrupción
de atacantes masculinos añadía más
brutalidad a las acometidas. Se arrancaron los extintores
para rociar de nieve carbónica a los rivales.
Algunas féminas se defendieron con sus sprays
antiviolación. Una punki mantenía a
raya a tres varones a base de correazos en los genitales.
Qué fiereza, pardiez. A mí mismo me
dolían por resonancia aquellos golpes propinados
con saña en las entrepiernas. Arturo me comentó,
mientras esquivaba una dentadura postiza, que aquello
le recordaba el conflicto del Líbano.
Y solo al aparecer la Polizei
y producirse un amago de desalojo respondisteis vosotros
ante la amenaza de veros aplastados por la avalancha
humana. Estas son mis palabras y las mantengo, vive
Dios. Vuestra reacción constituyó un
acto de legítima defensa. Este es el objeto
de mi artículo de hoy, y así lo declararé
ante el juez que me cite para ello. He dicho.
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